La inclusión en la escuela común,
mi experiencia positiva con mi hija Lucía
Silvina Botta (Argentina)
Más de una vez viendo a Lucía de bebé pensaba cómo sería su primer día de clases en la escuela. Los años han pasado tan rápido y ese momento llegó. Hace más de un mes Lucía comenzó pre-escolar salita de 4 años en un colegio de enseñanza común: Escuela Bernardino Rivadavia.
Con mi esposo temíamos que a esta altura del año no nos permitieran su ingreso. El jardín al que acudía Lucía anteriormente era un maternal que ya había cumplido su función y nuestra hija, que este año venía con muchísimos avances positivos, se aburría un poco. En fin, decidimos como quien dice tirarnos a la pileta y probar suerte.
Gracias a Dios y obviamente a la escuela, el lunes 18 de mayo Lucía comenzó su etapa escolar. Tendrían que haber visto la expresión de felicidad en su rostro al entrar y encontrarse con un mundo nuevo para ella. Su maestra Marisa es una dulzura y ni bien se conocieron se adoraron, lo mismo sucedió con sus compañeritos. Con decir que habíamos pactado que la primer semana solo fuera 2 horas para hacer el período de adaptación y al segundo día la maestra nos dijo: ¡¡Desde mañana jornada completa, ya estamos todos adaptados!!
Su primer día fue muy especial. La acompañamos sus papis, hermanitos, sus cuatro abuelos, tíos, madrina y prima. ¡¡Le alborotamos el día al jardín!! Nos recibió la directora a quien llamamos Tuti y la maestra Marisa, Lucía las abrazó y les dio un beso. Fuimos todos a conocer la salita, le hicieron elegir la mesita y luego se formaron para izar la bandera y allí la directora presentó oficialmente a Lucía a los integrantes de las dos salitas, la de 4 y la de 5, le dieron un fuerte aplauso, cantaron la canción a la bandera, el saludo de bienvenida, hicieron un trencito y luego todos se abrazaron y dieron besos. Imagínense que a esta altura todos estábamos llorando, padres, familia, maestras. Para nosotros este ha sido un paso importantísimo en la vida de Lucía, sabemos que solo es el inicio, que falta mucho camino por recorrer y que más de una vez nos tropezaremos con alguna piedra lo cual, en vez de hacernos bajar los brazos, nos hará más fuertes y nos hará luchar con más ahínco por nuestra querida hija.
Cada día que pasa y vemos cómo sale contenta y feliz del Jardín estamos convencidos que el haberla mandado a una escuela común fue la mejor elección.
Hoy me decidí a contarles esta simple historia para transmitir mi pensamiento sobre la inclusión en la escuela común. Respeto la idea de quienes no están de acuerdo con la integración, pero yo estoy a favor un ciento por ciento, creo en la inclusión, en la integración de los niños con capacidades diferentes. Pienso que si, desde que nacen, los estimulamos para que puedan lograr desarrollarse como cualquier otro niño, ¿por qué no pueden hacerlo también en la escuela? Seguro que habrá que trabajar un poco más, adaptar su currículum, estar más pendientes de ellos, pero ¿quién no se preocupa y quiere lo mejor para sus hijos, verdad? Como bien decimos un grupo de mamás, “el límite lo pone el niño, no el síndrome”.
Es un compromiso que debe ser asumido por padres, docentes, alumnos y sociedad en general. Es un camino a recorrer día a día pero es la posta que nos han dejado las generaciones de padres que lucharon por la aceptación de sus hijos en épocas en que nombrar el síndrome de Down se asemejaba a un cuco al que le teníamos un miedo terrible. Cuando uno lo vive desde adentro, se da cuenta que ese miedo que sentimos es por la falta de información y el desconocimiento. Y con cada logro que nuestros hijos alcanzan nos demuestran que con amor, trabajo y dedicación todo se puede. Por eso creo que, como padres de esta nueva generación, tenemos que asumir el compromiso de seguir allanando el camino para que a las nuevas generaciones les sea más fácil.
Si estamos luchando por igualdad de condiciones en todos los órdenes, el ámbito escolar es uno más y nuestros hijos en su vida adulta van a convivir en una sociedad poblada de gente con y sin síndrome de Down; y la mejor manera de educarlos para llegar a ser independientes es que desde niños convivan y compartan lugares y situaciones con personas con y sin capacidades diferentes, Esperemos que el día de mañana veamos con “normalidad” a una persona con síndrome de Down comprando en un supermercado, tomando un autobús, trabajando en un comercio, desarrollando una actividad administrativa, etc.
Para llegar a esto se necesita: Educación. Y para mí la mejor educación que puede recibir Lucía es la que se le brinda en su hogar y en un establecimiento común como a cualquier ciudadano de mi país.
Muchas gracias por su atención.
Silvina, mamá de Lucía Massa (5 años de edad)
http://www.down21.org/revista/marcos/conjunto_revist.asp?enlace=../2009/agosto/novedades.htm


























